La Guarida de las Leyendas Cap. 1

J.R. Y LA GUARIDA

 

Aún era muy pronto y el enorme montón de carbón de la explanada emitía un inconfundible olor a mojado. El rocío de la mañana, unido a la proximidad del mar, le confiere al negro mineral un olor penetrante tan fuerte como característico. El coche de Javier salió del antiguo y sucio túnel de Aboño, dando paso a aquel paisaje oscuro y fabril, más propio de un pueblo de la cuenca minera que de una villa costera como Gijón. El túnel comunica el puerto del Musel con la ría de Aboño. La carretera es estrecha y está casi totalmente cubierta de un pegadizo polvo gris negruzco. La zona comprendida entre el parque de carbones de la central térmica y la cementera de Tudela – Veguín, parece más bien la zona cero de una película post – apocalíptica que una carretera que lleve a cualquier otro sitio.

– ¿Seguro que es por aquí?  – preguntó David después de observar el desolador paisaje.

– ¡Claro hombre! He venido muchas veces a este sitio, la playa está algo escondida pero está ahí detrás.

– Escondida y sucia – replicó David mientras observaba por la ventana la gigante explanada gris del parque de carbones – Me cuesta horrores creer que detrás de esto haya cualquier cosa parecida a una playa, pero si tú lo dices…

David suspiró con resignación mientras Javi aminoraba la velocidad para salirse de la carretera hacia una pista de tierra que salía a mano derecha. La pista bajaba con mucha inclinación durante los primeros 50 metros y comunicaba con un camino que discurría paralelo a la ría por su parte izquierda, perdiéndose poco más adelante entre un túnel formado por árboles y zarzas, en el cual se desvanecían cada vez más las esperanzas de David de encontrar allí algo que le interesase.

– Ya estamos llegando  – dijo Javier con una amplia sonrisa.

De repente, las zarzas dieron paso a la luz y ante los atónitos ojos de David apareció de la nada una pequeña playa flanqueada por dos acantilados. A la derecha, el imponente cerro de la Campa de Torre, con su emblemático faro y a la izquierda, la verde montaña que separaba aquella playita del siguiente entrante de mar, donde estaba la playa de Peña María.

 La pequeña porción de arena, apenas 200 metros de ancho por alguno menos de largo, estaba impoluta, sin ninguna marca, prácticamente virgen, y se repartía entre dos pequeñas calas comunicadas entre sí. El negro del carbón había dado paso a un sorprendente espacio en el que el verde de la montaña, el azul del mar y el marrón claro de la arena, daban forma a un lugar único e inesperado.

– ¡Bienvenido a la playa de Aboño!, un sitio tan bonito como desconocido – dijo Javi sonriendo mientras miraba al mar.

– ¡Joder, que sitio más guapo!  – dijo asombrado David al bajarse del coche – ¿Y dónde vive el pirado ese?

– ¡No es ningún pirado! – respondió Javier alzando bastante la voz  – es un tío increíble que ha conocido a mucha gente importante del mundo de la NBA en Estados Unidos, ya lo verás.

– Si, si, ya lo veré… – asintió David con tono irónico e incrédulo –, pero, ¿dónde coño vive?, no veo ninguna casa por aquí.

Javi señaló al camino por el que habían llegado a la playa, en el cual, se adivinaba una pequeña chimenea que sobresalía de entre las zarzas a unos escasos 100 metros de donde estaban. Un pequeño desvío a la derecha que había pasado casi inadvertido, ocultaba el lugar que habían venido a ver. Una enorme y vieja auto caravana Chevrolet modelo “Winnebago”, compartía espacio con una pequeña casita de madera. Ambas estaban debajo de una estructura formada por una enorme red, entre la cual se había ido entrelazando la maleza de tal forma que se había formado una cúpula verde perfecta. El interior de la cubierta estaba cuidadosamente recortado y más cerca del camino, ya fuera del cobijo de la estructura, tres mesas de plástico con otras cuantas sillas cada una le daban al extraño lugar un cierto aire de terraza de bar, una terraza un tanto extraña y solitaria.

– Este sitio es un poco raro – dijo David mientras observaba fijamente la caravana – ¿Y dices que es un bar?

– No exactamente, es un local al que solo viene gente que conoce a J.R. o amigos de estos acompañándolos, como es tu caso – aclaró Javier mientras se dirigía a la puerta de la casita de madera.

Javi comenzó a abrir la puerta y al instante se comenzó a oír una música de fondo. Era sorprendente que no se escuchase absolutamente nada desde fuera, el sitio estaba bien insonorizado, desde luego. El recinto era pequeño pero estaba muy cuidado, apenas 4 mesas de madera con bancos a sus lados situadas en la parte izquierda, mientras que a la derecha una barra de bar, también de madera,  se prolongaba a lo largo de la pared de unos 6 metros de largo. Las paredes estaban barnizadas en un color marrón oscuro y llenas de cuadros con fotografías, mayormente de jugadores de baloncesto. Una vieja máquina de discos americana situada al fondo, presidía el pasillo que se formaba entre las mesas y la barra. En cada mesa, un antiguo candil como los que usaban los mineros, o los vaqueros del viejo Oeste, complementaba la tenue luz que desprendía la enorme lámpara de araña que colgaba del techo y a la que solamente le funcionaban cuatro bombillas. Aquella iluminación cálida, unida al entorno de madera y aquella canción country sonando de fondo, creaban una atmósfera de auténtica taberna sureña. En la pared de detrás de la barra, un cartel de madera situado encima de una enorme televisión rezaba: “La Guarida”

– Pues sí que tenías razón  – dijo sonriendo David  –, aquí hay un jodido bar.

– ¡No es un jodido bar!  –  dijo una voz ronca que parecía venir del suelo  – Javi, ¿Quién cojones es este tío?  – se volvió a oír mientras se levantaba una trampilla del suelo detrás de la barra y se oían unos pasos que golpeaban en los escalones de madera.

– No te preocupes J.R, es un buen amigo y es de fiar  – dijo Javi.

De detrás de la barra surgió un hombre moreno de unos 45 años y complexión atlética. Pelo canoso pero abundante bien peinado con raya al lado estilo “old school”, barba poblada pero cuidadosamente recortada y un purito encendido en la boca ligeramente ladeado hacia la derecha.

– Si esto fuese un bar, el señor Montoro me jodería vivo a impuestos  – dijo J.R. mientras esbozaba una sonrisa y cogía el puro  –  aquí solamente se reúnen amigos para tomar algo de vez en cuando y charlar, cosa que acostumbraba a hacer a menudo con este chico que te acompaña, pero últimamente no se deja caer mucho por aquí – dijo mientras arqueaba una ceja y miraba de reojo a Javier con gesto un tanto recriminador.

– Lo siento “Jota”, pero ya te dije que había estado en Barcelona unos meses haciendo prácticas, apenas llegué hace un par de días

– aclaró Javi con tono de culpabilidad.

– Seguro que has conocido a mucha gente del mundillo – dijo J.R. – “Barna” siempre ha sido uno de los principales centros neurálgicos de los aficionados al baloncesto americano.

– La verdad es que si – dijo sonriendo Javi –, allí se respira baloncesto, y  además está el NBA café.

– Ah sí, el famoso NBA café – asintió J.R. con un gesto mitad receloso mitad triste – ¡Pero, vamos a ver! , seguro que no habréis venido hasta aquí solo para quedaros ahí de pie dándole a la lengua, dadme un minuto y os traeré unas cervezas y algo de comer.

Mientras J.R. desaparecía detrás de la puerta que había al final de la barra, David le susurró a Javi la obligada pregunta – ¿Por Qué ha evitado J.R. el tema del NBA café de esa manera?

– Es complicado y fácil a la vez – explicó Javi – “Jota” estuvo mucho tiempo luchando porque la cultura del baloncesto sobreviviese en nuestra ciudad ante el omnipresente futbol. Si tú llegas a un bar de Gijón un domingo por la tarde y preguntas si te pueden poner un partido de baloncesto, lo menos que hacen es reírse de ti. Eso pasa en Gijón y en casi toda España. Si ya encima, lo que te gusta es la NBA, es prácticamente imposible que uno de los bares de los que abren de noche te ponga partidos, puesto que suelen ser bares de copas. Nunca hubo un sitio de reunión para hacer un poco de comunidad de baloncesto y eso llegó a ser una obsesión para “Jota”. Incluso allá por el año 97, intentó montar un local en el barrio pero algo no salió bien.

– ¡Nada salió bien! – interrumpió J.R. mientras aparecía por la puerta con una apetitosa tabla de embutidos y tres cervezas.

– Efectivamente, corría el año 1997 y yo había visto coronarse a Michael Jordan por quinta vez ante los Jazz. Aquel año no tenía pensado venir a España pero una llamada de mi amigo Monchu García lo cambió todo. El proyecto del “Abierto” se había hecho realidad y yo no me lo podía perder.

– ¡Un momento!  – interrumpió David sorprendido – ¿te refieres al famoso torneo de “abierto hasta el amanecer”?

– Correcto – asintió J.R. mientras nos sentábamos a la mesa y abría las cervezas.  –  Monchu y unos amigos del barrio, diseñaron un programa de actividades deportivas y culturales que pretendía ofrecer alternativas de ocio nocturno a los jóvenes del barrio de La Calzada, zona mayoritariamente obrera y por tanto muy propensa al alcoholismo y la drogodependencia juvenil. Dicho programa se inspiraba en una iniciativa de un cura Neoyorquino que allá por los 70´organizaba torneos de baloncesto para sustituir a las peleas entre bandas rivales.

 Las inscripciones desbordaron todas las expectativas y acudirían chicos no solo de todo el barrio, sino del resto de Gijón y muchas otras partes de Asturias. Al torneo de baloncesto acudieron decenas de equipos y se convirtió en una bonita y dura competición que contó incluso con algún jugador de las primeras categorías del baloncesto nacional. A fin de cuentas, un éxito rotundo para el proyecto en sí, pero también significaba poder tener reunidos a todos los aficionados al baloncesto de la provincia durante unos días. Era la oportunidad perfecta para abrir el local y darlo a conocer.

– ¿Y qué pasó? – inquirió David totalmente absorto por la historia.

– Pues pasó de todo – dijo J.R. – los locales buenos eran demasiado caros, los locales asequibles eran una mierda y los que eran aceptables estaban muy lejos del barrio. Cuando por fin conseguí uno, el ayuntamiento no tuvo a bien concederme las licencias oportunas hasta varios meses después, así que pagué meses de alquiler sin poder abrir, habiendo invertido todo mi dinero en montar el bar por dentro. Para cuando pude abrirlo ya no tenía dinero y mi única opción era volverme a Tejas y recuperar mi trabajo. Al final tuve que dejar el local y perder muchísimo dinero. Ahora creo que es una cafetería.

Por eso cuando veo imágenes o vídeos del NBA café, me alegro muchísimo porque por fin comienza a haber sitios de culto para los aficionados de verdad, pero una parte de mí se entristece al ver como 20 años después, son otros los que cumplen mis sueños. De todas formas, yo jamás hubiera montado un negocio en el que la pasión de la gente alimenta el consumismo por encima de cualquier cosa, pero ya sabéis que hoy en día nada es bueno si no reporta beneficios.

 En cualquier caso, este sitio me da todo lo que quiero tener, tranquilidad, buena compañía ocasional e internet de alta velocidad cortesía de la central térmica.

– ¡Este sitio es una pasada!– dijo Javi emocionado – vemos todos los partidos, hacemos campeonatos de Play Station y en verano incluso acampamos en la playa, pero lo mejor de todo es cuando “Jota” se anima y nos cuenta alguna de sus historias mientras se pone el sol.

– Eso solo pasa cuando pierdo la cuenta de las cervezas – dijo J.R. soltando una gran carcajada – por cierto, voy a por otra.

Javi y David se dirigieron hacia los cuadros de la pared de la izquierda, observándolos detenidamente. David Robinson, Michael Jordan, Charles Barkley, Vince Carter, Dennis Rodman, Manute Bol y un largo etcétera de jugadores compartían todas y cada una de las fotos con un J.R. algo más joven pero inconfundible. El escepticismo que había acompañado a David desde que Javier le habló de aquel tipo y aquel lugar, comenzó a disiparse y a convertirse en una súbita admiración por aquel individuo y el entorno que le rodeaba.

– ¡Es increíble! – dijo David fascinado – ¡están todos los grandes de los últimos tiempos! Shaq, Jordan, El Almirante, Kemp…

– Pero, ¿Cómo coño te arreglaste para conocer a toda esta gente? – preguntó David.

J.R. se dispuso a servir unos cafés y a acercar a la mesa un par de botellas de licor y unos vasos. Se sentó cómodamente en su silla y mientras encendía un purito comenzó a hablar.

– Corría el año 1988 y mientras en España se recuperaban del susto de haberle visto un pezón a Sabrina,  yo intentaba sobrevivir en la pequeña localidad tejana de San Marcos, una bonita ciudad situada a medio camino entre Austin y San Antonio, que curiosamente pertenece a 3 condados diferentes, Hays, Caldwell y Guadalupe.

– ¡Espera un momento! – interrumpió Javi – ¿tú no te habías ido a Nueva York? ¿cómo narices acabaste en Tejas?

– En efecto – respondió J.R. después de expulsar una abundante bocanada de humo por su boca  – en un principio mi idea fue irme a Nueva York porque básicamente era donde más barato me salía el viaje, además, la gran manzana representaba uno de los iconos para la gente que como yo, iba buscando aquel sueño americano que nos vendían en las películas.

Absolutamente todo el mundo en el barrio hubiera dado media vida por irse a América, pues el panorama local no era demasiado halagüeño. En la calzada en los años 80 había pocas salidas profesionales para jóvenes sin experiencia, así que, o entrabas por enchufe a Ensidesa o entrabas por enchufe en los astilleros o te dedicabas a vender droga. También podías irte a la cuenca, donde entrarías en la mina, cobrarías un pastizal y acabarías alcoholizado y prejubilado con silicosis* con cuarenta y pocos años. Allí acabó mi padre sus días en un derrumbe de una galería. Del tema de la bebida ya se encargaba mi madre…

(* Silicosis: Enfermedad crónica del aparato respiratorio que se produce por haber aspirado polvo de sílice en gran cantidad. La silicosis es una enfermedad muy frecuente entre los mineros.)

– Joder, lo siento mucho, tío – dijo David – ¿y cómo conseguiste salir de allí?

– Buscando un trabajo en el que me dieran cama y comida para así poder ahorrar dinero y largarme de allí – contestó J.R.

– Y, ¿Dónde encontraste semejante chollo? – preguntó David

J.R. escupió el sorbo de café que acababa de tomar mientras soltaba una tremenda carcajada.

– ¿Chollo?  – exclamó J.R. – ¿El ejército te parece un chollo?

– ¿Te alistaste en el ejército?  – preguntó sorprendido David.

– ¡Pues claro! ¿En que otro sitio me habrían dado alojamiento y manutención? 5 años en la Compañía de Operaciones Especiales número 72. ¡Obedece, pelea, triunfa o muere! – Exclamó enérgicamente J.R. mientras miraba al infinito con aire mitad melancólico mitad triste.

– fueron 5 años muy duros pero al final conseguí reunir unos cientos de miles de pesetas para embarcarme rumbo a mis sueños.

– ¿Cuál era realmente mi sueño? Aunque parezca mentira, a día de hoy aun no lo sé. Quizás Solamente quería escapar de mi vida y encontrar otra diferente y que sitio mejor que la tierra de las oportunidades. Si la mitad de lo que salía en las películas era verdad, en tres o cuatro años tendría mi propia empresa y solo tendría que empezar reponiendo en algún supermercado, pero cuando llegué a Nueva York, tardé poco tiempo en darme cuenta de que aquel no era mi lugar. Mis pintas de inmigrante y mi pobre nivel de inglés eran dos Hándicaps muy importantes para mí.

– Después de pasar algo más de dos semanas rebotando de albergue en albergue mientras me rechazaban una y otra vez en todas las entrevistas de trabajo a las que fui, me di cuenta que el sueño americano estaba reservado a los americanos.

– Pero en el último albergue en el que me alojé, un chico de apenas 17 años que se había escapado de casa me habló de su ciudad natal, San Marcos. Decía que era un sitio tranquilo y próspero rodeado de un bosque y con un precioso lago. Al parecer había bastante trabajo allí, y mucha gente hablaba castellano, lo que terminó casi de convencerme. Al día siguiente cogí todo el dinero que me quedaba y me dispuse a viajar en dirección a Tejas.

– 2000 millas de tren, 5 transbordos y 3 días después, conseguí llegar a San Marcos. Era una bonita ciudad muy cuidada y limpia, que conservaba intacta  la mayor parte de su estética colonial sureña. Apenas tardé dos o tres días en encontrar trabajo en un bar cercano a la Universidad Estatal de Tejas, y allí fue donde conocí al viejo Travis. Gracias a él, recorrí todo el país y conocí a esa y a mucha otra gente.

J.R. se levantó, se dirigió hacia la parte de detrás de la barra y se puso a buscar entre unas viejas cajas. Mientras tanto, David volvía a observar ensimismado una a una las fotos de la pared, pero esta vez se detuvo un largo instante en una foto que llamó poderosamente su atención y después de examinarla de cerca se volvió para dirigirse a J.R.

– ¿este número 24 de los San Antonio Spurs es Richard Jefferson?, no lo recordaba tan delgado.

– Te equivocas, chaval – dijo J.R. mientras se acercaba con la foto del aquel tal “Travis”

– Hubo otro número 24 en los Spurs mucho antes que Jefferson, se llamaba Lloyd Daniels, aunque todo el mundo le conocía como

“Swee´Pea” y tenía casi tanto talento como poca cabeza.

– ¿Nos vas a contar la historia? – preguntó muy entusiasmado Javi.

– Tendré que hacerlo – dijo J.R. acomodándose en la silla y esbozando una sonrisa – al fin y al cabo nadie viene aquí por la comida.

CONTINUARÁ…

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